Cumplo por estas fechas los 25 años de trabajo en la enseñanza junto a muchos
otros compañeros de la hoy llamada Educación Permanente de Adultos. Debo estar
haciéndome mayor y, no es que sea yo muy proclive a festejar supuestos hitos
que tienen más que ver con la magia y el simbolismo de los números que con
otras cosas pero, en estos días, me descubro -sin quererlo- haciendo un
recuento de lo que para mí ha significado dedicarme a esta tarea durante tanto
tiempo en vez de tener un profesión distinta. Y, entre algunos sinsabores,
constato que lo que más recuerdo son instantes llenos de emociones. De
emociones hasta las lágrimas.
Entre los muchos niveles por los que he pasado no ha habido ninguno -referente
a emociones- como el de la Alfabetización de los primeros tiempos. Para mí no
ha habido nada más gratificante de ayudar a una persona a desentrañar los
signos para aprender a leer. Y he tenido instantes inolvidables.
Recuerdo algún hombre que, tras animarle a leer su primer párrafo completo,
descubría con asombro que lo había entendido y, emocionado, simplemente me
apretaba el brazo y no podía hablar. Pero lo que más me impresionaba eran las
lágrimas de las mujeres que, dando rienda suelta a sus emociones, rompían a
llorar sin remedio y a moco tendido por haber leído por vez primera una simple
frase (“Paco: ¿de verdad dice eso? No me engañes.”). Yo tenía que hacer
verdaderos esfuerzos porque no se me saltaran las mías y, aún hoy, pasado
tanto tiempo, me emociono tan solo con recordarlo.
Mujeres y hombres de mis primeros destinos. En especial mujeres del barrio de
Las Costanillas de Córdoba. Mujeres de Villanueva en el Valle de Los
Pedroches. Aún soy capaz de recitar sus nombres y recordar que, contra viento
y marea –incluida la familia- buscaron un hueco para aprender.
Lágrimas también hubo de quien lloraba de rabia y miedo porque no le dejaba su
marido ir a clase. Escenas también de rebeldía cuando el chulo e ignorante del
marido tenía la cara de aporrear la puerta de la clase exigiendo que saliera
su asustada esposa porque había llegado a casa y no estaba la cena. (“Si
tienes h… entra” –le respondían sus compañeras). Lágrimas de más de un
maltrato encubierto. Lágrimas de mujeres en especial, inmigrantes, cuando sus
maridos las retiraban de clase porque descubrían que había en ellas otros
hombres. Lágrimas amargas y en soledad de este maestro ante más de un abandono
por causas que intuía inconfesables.
Ya lo dije más arriba: me descubro por estos días haciendo un recuento de
estos 25 años de Educación de Adultos. Y me emociono. Debe ser que los 25 años
pasados en Educación de Adultos no han sido poca cosa o que me estoy haciendo
mayor. Pensándolo bien, me temo que ambas cosas.
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